Aretusa
Aretusa
[...] Encontré aguas
que discurrían sin remolinos, sin murmullo, transparentes
hasta el suelo; a través de ellas se podían contar todas
las piedrecitas del fondo, y pensarías que apenas se movían.
Me acerqué y me mojé primero las plantas de los pies,
luego hasta las rodillas; y no contenta con eso, me desnudo;
coloco en un curvo sauce mis suaves ropas y me sumerjo
desnuda en las aguas.
[...] “¿Adónde vas
tan deprisa, Aretusa?”, me gritó el Alfeo desde las aguas,
“¿adónde vas?” me volvió a gritar con voz ronca.
Tal como estaba, huyo, sin ropas [...]
“Me atrapa; socorre,
Diana, a tu escudera, a quien tantas veces diste a llevar
tu arco y las flechas encerradas en la aljaba”. La diosa
se conmovió y tomando una espesa nube, la arrojó sobre mí.
Da el río vueltas alrededor mío, envuelta en tinieblas, y,
sin saber dónde estoy, busca en torno a la hueca neblina;
dos veces corrió sin verme el lugar donde la diosa
me había ocultado y dos veces me llamó: “Eh Aretusa,
eh Aretusa!”. ¿Qué ánimos tenía yo entonces, desdichada
de mí? [...]
Con todo no se aleja,
pues no ve más allá rastro de pies; vigila la nube y el lugar.
Mientras me acecha, un sudor frío invade mis miembros
y unas gotas azuladas ruedan por todo mi cuerpo. El sitio
por donde muevo mis pies mana agua, de mis cabellos cae rocío,
y con mayor rapidez que ahora lo cuento, me convierto
en manantial. Pero el río reconoce las amadas aguas,
y, abandonando la figura humana que había tomado, tornó
a su naturaleza líquida para mezclarse comigo [...]
Metamorfosis de Ovidio (Libro V - Aretusa)

